sábado, 11 de septiembre de 2010

Impacto


Tras la entrada de ayer relativa al atentado terrorista en las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, traigo al blog otro documento gráfico sacado de las ‘tripas’ del ordenador sobre el mismo tema. Cuando lo encontré en la red hace ya buen tiempo se ‘presentaba’ como una página del semanario francés Le Point publicada más de dos décadas antes del célebre 11-S. La publicidad que aparece en ella es de las líneas aéreas de Pakistán. Sin duda, el efecto es hoy mucho más impactante y sobrecogedor que cuando vio la luz, allá por 1979…

viernes, 10 de septiembre de 2010

Cien


Cien. Un número redondo. Es más, un número con dos cifras redondas: el que ha alcanzado el ‘contador’ de entradas de este blog desde que echó andar como regalo de Reyes hace ya más de un año y medio. Justo ese día en que se hizo realidad otro regalo igualmente pedido a los tres Magos: dejar de fumar.
Y en eso sigo, tantos días después, con un ritmo no demasiado angustioso de publicación en esta bitácora (desde luego, lejos de la estajanovista capacidad de algunos admirados autores cibernéticos) y, lo que me enorgullece más, con una absoluta abstinencia en el consumo de tabaco.
Un centenar de entradas después de aquel tímido arranque, he encontrado en el ordenador una imagen archivada hace ya tiempo y que viene al pelo tal día como hoy: es la portada de The New York Times del 12 de septiembre de 2001, el día siguiente al ataque terrorista a las Torres Gemelas. Mañana se cumplen nueve años de esa tragedia; nueve años en los que me temo que no hemos aprendido demasiadas cosas. Los noticieros están llenos de ejemplos de intolerancia, de desprecio, de odio al diferente… Entre individuos, entre países o, lo que me parece aún peor y enormemente más peligroso, entre estados soberanos y colectivos étnicos, grupos sociales o sensibilidades religiosas. Una y otra vez, gracias a mesías y profetas, en la misma piedra.

martes, 7 de septiembre de 2010

Campeón

No es la primera vez que lo digo: vivimos en un mundo de apariencias, de individuos disfrazados de personas importantes, de gentes inseguras que engolan la voz para parecer algo, de semejantes travestidos para mostrar una imagen que no es la suya, de mediocres que piensan que sacar pecho y meter barriga hace aparentar un cuerpo envidiable, de presuntos intelectuales que lo más que han leído son los mensajes de las galletas chinas de la suerte… Desgraciadamente, hay necios y necias que se dejan engañar por esos disfraces, esas voces, esas falsas imágenes, esos cuerpos ficticios, esas mentes tan yermas como aparentemente preclaras; necias y necios que se dejan engañar y que incluso valoran esas supuestas virtudes. ¿La razón? Seguramente, porque su propia mediocridad provoca que confundan lo que es con lo que parece, el rábano con las hojas, el culo con las témporas...
Esta mañana he leído en El País una magnífica entrevista a Andrés Iniesta, un tipo que destila normalidad, una persona corriente que, con toneladas de esfuerzo, ha sido capaz de aprovechar un don y hacer realidad su sueño. Todo lo que vale cuesta, y éste es un ejemplo de cómo se logra el éxito. No estoy hablando de ganar la Champions ni de la Copa del Mundo: ésas son anécdotas en la carrera de un deportista, porque son miles los factores que influyen para que la pelotita entre en la portería o dé un inoportuno botecito medio metro antes y sea escupida por un palo. El éxito es otra cosa, es ser ante todo persona sabiendo unir talento y talante, incorporando grandes dosis de sacrificio (el episodio de su viaje de Albacete a Barcelona siendo un niño me ha puesto un nudo en la garganta). El éxito de verdad, el verdadero premio, no es otro que reconocerse día tras día cuando uno se mira en el espejo. Si esto no sucede, nada de lo anterior habrá merecido la pena. Y todo será hueco. Ser campeón es otra cosa.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Septiembre

El año debería comenzar el 1 de septiembre, después del parón que el mes de agosto impone para la actividad general (con incomprensibles parálisis incluso de servicios esenciales). Con septiembre viene la vuelta al cole, el inicio del curso político y el reencuentro con la normalidad, con lo cotidiano.
Agosto y el verano en general traen consigo una suerte de espejismo en el que casi todo se relativiza, en el que las cosas tienden a funcionar a medio gas y como con menos presión. Tal vez sea sólo por causa del calor, pero siento que se genera algo así como un estado mental colectivo que nos predispone a ver las cosas de distinta manera, de una forma más relajada, más amable…
Pero llega septiembre. Y la verdadera cuesta, a mi entender mucho más empinada que la de enero ya que a las dificultades económicas de aquella se suman ahora las psicológicas de la inmersión en la realidad durante casi un año entero, a la espera de recuperar las terracitas y las noches al fresco, cuando todo se ve con otros ojos.
En mis tiempos de estudiante jamás tuve que presentarme a un examen en septiembre. No es algo de lo que esté especialmente orgulloso, pero no podía soportar la sola idea de tener que pasarme el verano hincando los codos. Especialmente porque no me suponía ningún sacrificio sacar adelante las materias en su tiempo natural, a cambio de lo cual obtenía luego hasta casi tres meses para mi absoluto uso y disfrute.
Creo que no debe de ser nada bueno asomarse a septiembre con ansiedad por finalizar aquello que se dejó pendiente, antes de centrarse en las nuevas obligaciones que impone el curso que empieza. Aunque mucho peor será hacerlo sin ni siquiera haberse rozado con los libros durante el verano ni haberlos abierto en los meses precedentes en los que no se acudió a clase y se vivió peleado con buena parte de los profesores que serán los encargados de decidir tu futuro y con los compañeros que pueden o no dejarte fotocopiar sus apuntes.
Me da pavor pensar en un septiembre así, con las urgencias naciendo y multiplicándose al sentir que todo está sin hacer; cuando lo verdaderamente importante no es eso, sino centrarse en llegar en las mejores condiciones al final de un curso que ya se nos está escapando entre los dedos de las manos. De lo contrario, volverán las angustias en el próximo septiembre.

sábado, 28 de agosto de 2010

Solidarios

La estadística no miente. España continúa liderando el número de donaciones de órganos y de trasplantes, un ranking que ocupa menos minutos en las televisiones que cualquier campeonato deportivo de medio pelo pero que sin duda ofrece un motivo de mayor peso para felicitarse como colectividad que una buena clasificación en un medallero.
Siempre me ha llamado la atención ese papel de privilegio en un asunto que, aunque a mí no me lo parezca, puede presentar diferentes aristas, en no pocos casos fruto de una tradición socio-religiosa que apuesta más por la caridad que por la solidaridad; que regala lo que sobra pero que guarda celosamente aquello que tal vez pueda ser necesario. Incluso llegado el momento en que nada se necesita ni va a necesitarse.
Sinceramente, creo que el gesto de donar dice muy poco a favor de quien lo realiza: es lo menos que puede hacerse, máxime cuando ya todo es exceso de equipaje. Volviendo la activa por pasiva, considero que la negativa a ofrecer a un semejante una esperanza de calidad de vida (cuando no de vida propiamente dicha) sí descalifica a quien pueda escudarse en cuestiones morales o afectivas. Algo así como la parábola de Lázaro y Epulón, sólo que en aquella historia éste no sentía la necesidad de justificarse ni de tranquilizar su conciencia ante la necesidad de un semejante.

(Éste es el enlace a la web de la Organización Nacional de Trasplantes)

martes, 24 de agosto de 2010

Historias

Confieso que la historia me tiene fascinado. De esa forma en la que uno asiste a un acontecimiento que, por lo rebuscado de su argumento, parece más una novela o una película en la que “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Pero no. La epopeya de los 33 mineros chilenos sepultados en un yacimiento de Copiapó desde hace prácticamente tres semanas es auténtica; tanto que cuesta trabajo ponerse en su piel. En la piel de todos y cada uno de ellos, con sus miedos y sus esperanzas.
¿Qué pasa por la cabeza de un hombre enterrado vivo? Hace un par de días, los 33 mineros chilenos lograron hacer llegar un mensaje al exterior. Y lo saben. Saben que sabemos que están vivos, con lo que la presión ya no es suya. Los días de silencio desde el exterior, las semanas de incomunicación, las inimaginables angustias rodeados de polvo y oscuridad han terminado; su mensaje y el posterior ‘diálogo’ con ellos no hacen sino trasladar al resto del mundo la responsabilidad de lo que pueda pasar con ellos. A todos excepto a las 33 personas que están sometidas a las condiciones más extremas que alcanzo imaginar; tanto que parece que son conscientes de que deberán esperar incluso semanas antes de poder ver la luz. Sólo puedo imaginar una situación peor que la que atraviesan estas personas: la de sus padres, sus hijos o sus esposas, la de aquellos que de buena gana se cambiarían por unos seres queridos de los que les separan unos pocos centenares de metros y bastantes miles de toneladas de roca.
Si son ciertas todas las cosas que se dicen y se escriben al respecto, los 33 mineros de Copiapó apenas han pedido un puñado de cosas. Entre ellas, cepillos de dientes, lo que es todo un síntoma de lo que llegado el momento se puede llegar a valorar aquellas cosas que forman parte de nuestro universo cotidiano aquí en la superficie, donde nos sentimos inmortales. Toda una historia, sí señor.

domingo, 22 de agosto de 2010

Regreso


El mes de agosto ha sido (está siendo) época de reencuentros. Con personas y lugares, algunos distantes cientos de kilómetros de esta tierra al sur del sur de Europa. Reencuentros con sitios y con semejantes, que es tanto como decir reencuentros con la memoria, con la propia vida. Con lo que hizo que uno sea lo que es, con principios y convicciones forjadas a golpe de enseñanza y de ejemplo de quienes te han acompañado en esta apasionante aventura que es ir construyéndose uno mismo, casi sin darse cuenta, hasta que se empieza a colaborar a construir a otros que harán lo propio con quienes vengan más tarde.
Por fin puedo asomarme al blog en este mes de agosto en el que he buceado en mis recuerdos, en lugares casi mágicos por su carga afectiva y por la niebla de misterio que les otorga la distancia. Ha sido y está siendo un mes de acantilados de roca viva sobre los que golpea un mar bravo, de olvidados olores a hierba y a árboles casi perdidos en la memoria, de profundas tradiciones que he debido recuperar bajo una gruesa capa de polvo. Una suerte de viaje iniciático en mitad del camino del que he regresado con la fuerza que da ser consciente de la solidez de los propios cimientos.
Me alegro de haber regresado a lo que fui. Porque me siento más fuerte en lo que soy; y más firme en lo que debo ser.

(En la foto, la Torre de los Iruña o de Doña Otxanda, en Vitoria)